Perros en el parque
Lobo, Pola y Chocolate.
Lobo es el
primero. Corazón de lobo, orgullo de lobo, memoria de lobo en el lomo, el pelaje del cuello y la cola; ojos de lobo en la mirada siempre vigilante; eco de lobo en el gruñido sordo que hace cuando pongo una mano sobre su cabeza. Lobo dueño y señor, desde su llegada al parque cuando el parque no era más que un erial, un botadero de escombros y basura; pero Lobo amansado también, como compañero que confía; que quiere y se deja querer.Y luego llegó Chocolate. El típico quiltro “busquillas”, que inteligentemente decidió adoptar como casa el único lugar en donde cama y comida eran seguras. Patas cortas, pelo áspero y dos luminosos ojos claros avivados por un par de manchas claras, aún lleva en el lomo las marcas que le dejó Lobo cuando pretendió ocupar su lugar. Nadie ocupa el lugar de Lobo -ahora Chocolate parece saberlo mejor-; y si bien no se puede decir que son los mejores amigos, siempre caminan, corren, exploran y duermen juntos.
Ahora son tres, Lobo, su sombra Chocolate y Pola, todos dejándose querer: porque los tres ocupan un lugar único y especial en la vida de todos los “perrunos” como yo; de todos los que saben que un perro puede ser más que el corazón de un parque.
¿Cuántos parques hay en Santiago cuyos corazones están enfermos y abandonados? ¿Cuántos parques con corazones invisibles? Velar por Lobo, Pola y Chocolate no es hacer un mero gesto de caridad “perruna”; es, más que nada, hacer que el parque no sea un mero botadero de perros; y que ellos sean algo más que anónimos quiltros, sombras sin nombre que vagan como parte del paisaje.
P.S. Pola encontró casa ayer. Chocolate viene y va, y han llegado nuevos huéspedes al parque. Pero Lobo sigue ahí, y nunca dejo de verlo en mis paseos diarios Pensando en él, hago mías las palabras de cierta publicidad televisiva (en contra del aborto), por lo cercano de los sentimientos: si tu no estuvieras, no tendría que venir al parque cada noche. Si tu no estuvieras, mi ropa estaría más limpia y mis zapatos tendrían menos barro luego de cada paseo. Si tu no estuvieras, no tendría que quedarme en Santiago los fines de semana largos o los de fiesta. Si tu no estuvieras, no habría gastado más plata de la cuenta en vacunas, antipulgas y otros remedios. Pero… si tu no estuvieras, me moriría de pena. Porque, sin ti, para mí el parque volvería a ser desierto...























