4/21/2009

Perros en el parque

Tres en el parque.
Lobo, Pola y
Chocolate.
Lobo es el
primero. Corazón de lobo, orgullo de lobo, memoria de lobo en el lomo, el pelaje del cuello y la cola; ojos de lobo en la mirada siempre vigilante; eco de lobo en el gruñido sordo que hace cuando pongo una mano sobre su cabeza. Lobo dueño y señor, desde su llegada al parque cuando el parque no era más que un erial, un botadero de escombros y basura; pero Lobo amansado también, como compañero que confía; que quiere y se deja querer.
Pola vino después. Negra como una sombra, menuda, sobreviviente de alguna camada nacida quién sabe dónde, encontró en Lobo a su única familia. Tímida y callada y sin nada que ofrecer, nos dejó sin embargo el mejor de los regalos: la certeza de ser capaces de dar algo más que un plato de comida.

Y luego llegó
Chocolate. El típico quiltro “busquillas”, que inteligentemente decidió adoptar como casa el único lugar en donde cama y comida eran seguras. Patas cortas, pelo áspero y dos luminosos ojos claros avivados por un par de manchas claras, aún lleva en el lomo las marcas que le dejó Lobo cuando pretendió ocupar su lugar. Nadie ocupa el lugar de Lobo -ahora Chocolate parece saberlo mejor-; y si bien no se puede decir que son los mejores amigos, siempre caminan, corren, exploran y duermen juntos.
Ahora son
tres, Lobo, su sombra Chocolate y Pola, todos dejándose querer: porque los tres ocupan un lugar único y especial en la vida de todos los “perrunos” como yo; de todos los que saben que un perro puede ser más que el corazón de un parque.
¿Cuántos pa
rques hay en Santiago cuyos corazones están enfermos y abandonados? ¿Cuántos parques con corazones invisibles? Velar por Lobo, Pola y Chocolate no es hacer un mero gesto de caridad “perruna”; es, más que nada, hacer que el parque no sea un mero botadero de perros; y que ellos sean algo más que anónimos quiltros, sombras sin nombre que vagan como parte del paisaje.

P.S. Pola encontró casa ayer. Chocolate viene y va, y han llegado nuevos huéspedes al parque. Pero Lobo sigue ahí, y nunca dejo de verlo en mis paseos diarios Pensando en él, hago mías las palabras de cierta publicidad televisiva (en contra del aborto), por lo cercano de los sentimientos: si tu no estuvieras, no tendría que venir al parque cada noche. Si tu no estuvieras, mi ropa estaría más limpia y mis zapatos tendrían menos barro luego de cada paseo. Si tu no estuvieras, no tendría que quedarme en Santiago los fines de semana largos o los de fiesta. Si tu no estuvieras, no habría gastado más plata de la cuenta en vacunas, antipulgas y otros remedios. Pero… si tu no estuvieras, me moriría de pena. Porque, sin ti, para mí el parque volvería a ser desierto...

7/21/2008

El Poeta Danés

Poetas, viajes, encuentros y desencuentros...
Lenta de bajar, vale la pena y toda paciencia la espera
para ver esta preciosa historia (en inglés):


The Danish Poet: http://www.youtube.com/watch?v=iTef0HWbW_M&NR=1

P.S. La obra mencionada en la historia es Kristina Lavransdatter, de la escritora danesa Sidgrid Undset (Premio Nobel 1928).

6/11/2008

Cenizas al mar

No sé escribir pero escribo. Tengo dos manos fuertes y hago libros. Varios cuadernos, cientos de hojas escritas, algunas vacías, otras no; viajes y estaciones, letras anotadas al ritmo de cada edad. Tengo en mi mesa dos frascos de tinta y algunas conchas de mar que, juntas, componen un reloj; tengo una biblioteca y cinco diccionarios; y una casa en el mar; y el mar.
Es la herencia de mi padre.
Tengo también un baúl de metal que ha cruzado dos veces un océano. En el baúl, entre las muchas cosas guardadas, olvidadas o atesoradas, hay una pluma. La pluma tiene forma de torre, y la torre tiene una ventana. La ventana mira hacia un sendero vacío; es invierno y son las siete tarde. Por el sendero y desde la costa se acerca un lentamente un hombre, seguido de su perro. El hombre vuelve a su casa. En la mitad de la noche se despierta, toma el cuaderno de tapas negras que llama velador y que siempre está junto a su cama, y se pone a escribir. Como siempre que se despierta en la mitad de la noche. Pero esta vez escribe una carta. En la carta habla de travesías, de duelos, de poesía y de Dios. Es una carta de despedida.
Su pluma también tiene la forma de una torre, y la torre otra ventana. Pero esta deja ver el mar. En el mar hay una barca, y en la barca, cuatro mujeres. Tres de ellas llevan flores blancas entre sus brazos; la cuarta una caja de madera. Esta abre la caja y deja caer las cenizas que contiene; las demás arrojan las flores. Pasa un pez, luego otro, y otro más. Cenizas, peces y flores van dejando una larga estela en el agua, que pronto se confunde con la espuma.
Y el que ya no está emprende el viaje, rumbo al horizonte, al cielo y más allá; y la barca vuelve a tierra.
Y el hombre que escribe termina su carta; deja la pluma, cierra el velador de tapas negras, apaga la luz y duerme.
Y luego tiene un sueño. Sueña con el sendero que llega hasta su casa; es verano y son las siete de la tarde. Por el sendero se acerca lentamente una mujer, seguida de un perro. La mujer va a su encuentro; viene por él. Y él la espera porque, juntos, volverán al mar.
Las cuatro mujeres somos mis hermanas, mi madre y yo; el día de las cenizas fue un domingo de octubre, en Quintay, dos semanas después de la muerte de mi padre. Una semana antes había nacido mi sobrina Estela, en Santiago; ahora pienso, sin embargo, que parte de ella nació también ese domingo en Quintay, en la espuma, en las flores sobre el agua, en la estela que ahora lleva su nombre.
El cuaderno de tapas negras o velador –varios cuadernos, en realidad- aún existen y están sobre mi mesa. Velador habría sido quizás el nombre de un libro que reuniera esos escritos y poemas, si hubiese tenido tiempo. Más tiempo para escribir, más noches, más desvelos para terminar lo que se quedó en el camino camino.
¿A medio camino? No. Al decir verdad nada se queda a medio camino. Unos se van, otros llegan; y la obra continúa. Es un mismo sendero, hecho por todos los pasos, los vuelos, las navegaciones. El poema no está inconcluso, puesto que continuamos, puesto que seguimos el rastro y el sendero; puesto que no hemos dejado de caminar, de volar ni de navegar; ni de velar todas las noches.

Sirenas

Paseo por la playa Chica de Quintay, después de la lluvia. Al parecer ha habido marejada, ya que la arena está bordeada de algas enteras; raíz, esqueleto y ramas. O brazos, más bien o, mejor aún, cabelleras; cabelleras de sirenas. No sé si la mano de algún pescador las dispuso así -para secarlas al sol- o si fueron las mismas olas; el hecho es que sus cabellos, o brazos, apuntan hacia el agua, como queriendo volver. Las hay anaranjadas y rojas; amarillas, cetrinas, castañas; verdes y glaucas; grises y moradas. Los despojos del mar siempre parecen expresar la melancolía del abandono; quizás por la rudeza con que el mar los arranca de sí. Una vez descubrimos una cuerda de barco: un cable muy grueso, hecho de decenas de cordeles trenzados y capaz de sujetar hasta el navío más grande a cualquier muelle. Pero no había barco ni muelle; tan sólo una cosa interminable y floja, pero no abatida, al final de un largo viaje...
Y una vez, una de esas raras veces que ocurren tal vez una vez en la vida, a veces nunca, encontramos una botella y una hoja de papel en ella. Pero no había mensaje; tan sólo el dibujo de un pelícano dormido. ¿O acaso muerto? Pienso en el albatros de Coleridge y me pregunto si el mensaje de la botella no era la última señal de algún náufrago perdido.
Siempre quise arrojar una botella al mar; creo que ahora voy a hacerlo. Una botella de vino tinto, que haya sido vaciada un día de fiesta; con un mensaje que sólo diga: Quintay, Playa Chica; latitud -33.20°, longitud ‑71.70°, Chile, al sur del mundo. Y junto al mensaje un poco de arena y algunas algas: rojas, cetrinas, glaucas y moradas. Quizás alguna vez lo encuentre algún náufrago y piense en los cabellos de una sirena; y bebiendo la última gota de vino, tenga algo más en qué soñar...

El ausente

No vive ya nadie en la casa –me dices-, todos se han ido. la sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues todos han partido.
Y yo te digo: cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado...
César Vallejo

No vive ya nadie en la casa, a veces sentimos, pero la casa no está sola. Cuando alguien se va, alguien se queda. El que habitaba la casa se fue, pero aún está. Las paredes desnudas de libros siguen llenas de libros; una de ellas aún lleva la sombra de su mesa, y la mesa la sombra de sus papeles. Y en la ventana, la huella de su frente sigue guareciendo la mirada puesta en el mar.
Pero no son las sombras, los ecos o las huellas en las cosas, en los vanos, ventanas o paredes, lo que sostiene la casa; es lo que aún la habita. Todo lo que padeció, escribió, desairó, habló, vio, olvidó, aborreció, lloró, cantó y dijo; todo lo que amó persiste y permanece, como el olor a humo una vez que el fuego se ha apagado.
Es cierto; hemos quitado sus libros de las paredes; su mesa está en otro lugar; otras frentes se apoyan en la misma ventana; la cama es ahora más estrecha y velador más bajo. Pero el sol aún hace los mismos dibujos en el suelo; las gaviotas no cejan en sus embates sobre el techo, las arañas trepan por los mismos rincones, la flor de la pluma aún da flores, a pesar del norte, y la hiedra no renuncia a competir con el agua en las canaletas. Ya no vive nadie en la casa, pero la casa no está deshabitada. Aún se padece, se escribe, se habla, se olvida, se llora y se ama; y en las estufas el fuego se ha vuelto a encender. Alguien sigue ahí.

Los árboles de Klimt

Otro día de paseo; caminata por los bosques de pinos. Los árboles se levantan ordenados, en largas filas, señal de que en un tiempo fueron bosques de madera y leña. Desde entonces la naturaleza ha hecho un buen trabajo, escaso para borrar del todo la mano de los leñadores pero suficiente para dejar sus propias huellas: algunos troncos torcidos por el viento, ramas quemadas por el sol y la sal, follajes más amplios y menos restringidos. Las hileras no parecen tan delimitadas y las manchas de sol ya no iluminan el suelo como antes. He tomados algunas fotografías: troncos sobre troncos, troncos tras troncos, cortezas plateadas, nudos, ramas, varas... interminables de arriba abajo y de abajo arriba; quizás por lo mucho que me hacen pensar algunas de las obras de Klimt. El de El Beso, Las Tres Edades de la Mujer, Danae y otras pinturas conocidas... pero también el Klimt de los bosques y jardines. Aunque no sea del todo verdad, me gusta pretender que fue por él que me enamoré de los árboles; aunque lo cierto es, más bien, que lo que quise después de ver su obra fue pintar... Pero mis manos no parecen estar hechas para los pinceles; más bien para herramientas más recias. Un martillo, las plegaderas de hueso con las que doblo papeles, agujas, lápices, punzones; de ahí mi amor por los árboles. Sin embargo los del pintor se quedan y, mientras paseamos por los bosques de pinos de Quintay, bajo nuestros pasos resuenan las hojas y ramas secas de los cipreses y abedules de Klimt.

7/15/2007

Tener un perro

Vivo en una ciudad de pocas plazas, pocas calles con árboles y escaso silencio. Una ciudad ruidosa, de aire espeso y ahumado, en la que pocos tienen tiempo y el tiempo sólo se mide por el reloj. Alguna vez esta fue una ciudad bella; en el tiempo en el que aún la amábamos. Ahora de todo eso queda poco, o casi nada; cada día hay menos parques y jardines, y más estacionamientos; menos casas viejas con viejos patios secretos, y más torres de vidrio y cemento; menos árboles, y más carteles y anuncios; más calles y semáforos; y menos veredas grandes, con bancos en las esquinas para los viejos y los paseantes. Pero yo tengo un perro. Y es por eso, tal vez, que cada tarde camino la ciudad a su paso, sin tiempo. Dejo atrás la prisa y me adentro en el espacio de los perros. Voy por las calles como un perro; miro el mundo con ojos de perro; llego hasta una plaza con perros; me acerco a otros que, como yo, vienen con sus perros; y hablamos de perros. Y el tiempo pasa, o no pasa -es igual- y la ciudad moderna y gris, la ruidosa ciudad de humo, se queda por un momento callada. Porque sólo un perro hace que una vereda sea algo más que un lugar de paso, y una esquina algo mejor que sólo el encuentro de dos calles. Y que esa plaza se vuelva, cada tarde, un inmenso jardín.

7/07/2007

Ciudad de humo

En la ciudad de los perros siempre hay plazas grandes, y muchos niños en cada plaza.
Pero en la ciudad de los hombres no. No hay árboles grandes; no hay casas viejas con viejos patios en los que crecen naranjos, paltos y jazmines, ni balcones habitados, ni mamparas ante cuya puerta se sienten los gatos y los viejos; no hay quien lea un libro en la mitad de un parque; no hay quien se encuentre en la mitad de un puente; no hay mendigos y perros vagos; no hay fuentes de agua con palomas. La ciudad de los hombres es una ciudad apagada.
En la ciudad de los hombres los hombres derriban el horizonte. El cielo no es azul; el río es un albañal; los barrios viejos desaparecen; los que algún día fueron jardines se recogen como eriales; y un tropel de torres oculta ahora el perfil de montañas de antaño. Torres sin ventanas y sólo espejos; en los espejos, más torres; y luego el humo; y luego nada. La ciudad de los hombres es una ciudad baldía.
En la ciudad de los hombres no hay silencio; no hay pausa; no hay mirada, gesto ni asombro; en la ciudad de los hombres no hay otros.
Es por eso, quizás, que cada vez vivo menos en la ciudad de los hombres y más en la de los perros. Que es también, a veces, la de los niños. Es tal vez una forma de sobrevivir; o bien una forma de hacer que ella sobreviva. El empeño porque la ciudad de los hombres no siga devorando la de los perros, y acabe con ella.

6/26/2007

A U T Ó M A T A

Abres los ojos
sin pensar
te levantas
te lavas
te vistes
tomas un café
mientras lees el diario para no pensar
hasta la tarde perro
sales
caminas
llegas al trabajo
trabaja
¿una pausa?
enciendes la radio -para no pensar-
mientras tomas un café
vuelves al trabajo
pasa la tarde
es tarde
te vas
vuelves a casa
hola perro
tomas el diario y comes
leyendo el diario -para no pensar-
sacas a pasear al perro
vuelves
computador
terminas jugando solitario
no hay cartas que responder
te vas a la cama
televisión
se acaba el programa
un libro
no quiero leer
no quiero pensar
una pastilla
televisión de nuevo
no hay nada que ver
pero lo ves igual
para no pensar
y al fin te duermes

y entonces sueñas que estás en algún lugar cualquiera
y no tienes nada que hacer
y no hay nada que hacer
y no te queda nada
sino pensar
en el día en que dejaste de pensar
y se te fue la vida

6/15/2007

Caligramas

Esta mañana, hojeando el precioso libro La lettre et l'image de Massin, me encontré con la reproducción de algunos caligramas antiguos. Muchos le atribuyen al poeta francés Guillaume Apollinaire su invención; lo cierto es que ya existían antes, como las botellas de arriba, una de las cuales es de Rabelais -la segunda- y otra del tipógrafo Aldo Manuzio -la tercera-. Pero qué importa; muchos de los más bellos caligramas conocidos fueron escritos, o dibujados, por él, como el famoso Colombe poignardée et jet d'eau (Paloma apuñalada y chorro de agua).

Hace algunos años fui, por primera vez, a Mendoza. Viniendo de una ciudad como Santiago, no pude dejar de asombrarme por la inmensa profusión de árboles -casi como si la ciudad hubiera sido levantada en un bosque-, las innumerables plazas y las viejas acequias con el agua corriendo en todas las calles. Y al volver escribí mi primer caligrama. La comparación entre las dos ciudades parece algo fácil (y odiosa como muchas comparaciones...) pero los colores de Mendoza lo hicieron inevitable.

6/09/2007

Un par de copas

No soy valiente. Bebo una copa. Le escribo una carta. Se la envío. Me pongo a esperar la respuesta. Debe ser una de las pocas virtudes del correo electrónico. Bebo una copa; y mi garganta se quema. Pero sigo sintiéndome cobarde; tanto la perspectiva de recibir una nota suya como la de no recibir nada me ponen nerviosa. Qué puede mejor, la desilusión del silencio o la de la realidad? O no me escribe, o me escribe una carta que lo baja del pedestal en que, por un momento, lo he puesto. El fuego en mi boca... Por un momento soy capaz de todas las conquistas, y todas las hazañas; a mi lado Isolda es una sombra. Pero a mi lado está sólo mi perro, que me espera para el paseo de cada noche. Sigo sintiendo algo de valentía; y sigo esperando; pero en cambio salgo. Camino por las calles quietas a paso de perro; nariz de perro, huelo el primer atisbo de primavera. ¿Quizás venga él a mi encuentro? Quizás... pero no. Él está muy lejos. O tan, tan cerca; tan dentro de mí que es imposible que exista. No siento ganas de llorar porque aún queda fuego; pero el mismo me devuelve a la tierra. Ya no sé si él existe. Lo he puesto en medio del mar, vestido no importa cómo, la mirada perdida más allá del horizonte; inalcanzable. Luego me río; y la risa, amarga, da cuenta de los años de espera. Una espera que sin embargo ya no espera nada. Pero he aquí a mi perro. Qué haces, me dice con la mirada, por qué te detienes... Por lo que sigo caminando, por las calles solitarias, hasta que el fuego se extingue. Entonces vuelvo a casa.

6/05/2007

La comunidad del silencio

Había una vez un hombre que, llegado a la mitad de su vida y luego de una penosa enfermedad, perdió habla y oído. Pero lo que para cualquier hombre hubiese sido una tragedia, para él fue una desgracia. Porque este no era un hombre cualquiera; era un sacerdote. Un sacerdote dice misa, y escucha a los fieles en confesión, por lo que habla y oído son dos herramientas vitales para su ministerio. Pero este sacerdote las había perdido.
Sin embargo por la desgracia vino la gracia, y con ella dos herramientas nuevas: sus manos. Y una nueva comunidad, escondida bajo la costa rocosa del lugar elegido para su nueva vida de silencio, Rothéneuf.
Porque los ojos seguían vivos: la mirada, la contemplación; y esas dos manos fuertes y pacientes a quienes un día se les había conferido la gracia de consagrar, pero que ahora podían, además, crear.
Y así, martillo y cincel en mano, golpe a golpe, piedra a piedra, el sacerdote fue tallando bocas, oídos, ojos y manos; fauces, alas y aletas; gestos, semblantes; aliento y existencia.
Piedra por piedra, día a día, alumbrando a sus compañeros, que por el solo don de su empeño veían la luz con el oído que, en él, ya no hablaba.
De roca en roca, de una estación a otra, levantando a sus hermanos, que por la sola gracia de sus manos llegaban a la vida con la voz que, en él, era silencio.
Año tras año, hasta el día en que la última roca, la última piedra del farallón fue esculpida. El sacerdote entonces se volvió hacia su comunidad, y con el mar a sus espaldas y el rumor de las olas en sus oídos, pronunció su última bendición.

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A la edad de 55 años el sacerdote bretón Adolphe Fouré (1839-1910) pierde oído y habla a consecuencia de un ataque cerebral. Se retira entonces a Rothéneuf, pequeño pueblo costero del norte de Bretaña, y durante los siguientes veinticinco años de su vida, y hasta su muerte, se dedica a esculpir las rocas colindantes. Inspirado tal vez por leyendas de los Rothéneuf, familia de sanguinarios corsarios y piratas, puebla el lugar con sus retratos, acompañándolos de una profusión de personajes míticos, seres imaginarios y otras figuras.


5/29/2007

Ausente

Ella dice:
Ya no estás.
Ya no estás, pero aún sigues aquí y no lo sabes
Lo sé yo.
Yo, que aún no he muerto
pero que, sin ti, ya no tengo nada de qué morir en esta vida.

Ya no estás y nada sabes de tu ausencia
del eco inmutable de tu voz muerta
de tus pasos que aún pasan
de tu mirada que aún me mira
de tu presencia en el vano de todas las puertas
de los gestos que aún esbozas
o del reclamo mudo de mi propia voz: ¿estás ahí?
pero en dónde
en dónde estás
en dónde estás ahora que camino sola
en dónde estás ahora que todavía siento tus manos
en dónde estás ahora que tu voz aún me alcanza
en dónde estás ahora que tus brazos ya no me abrazan
en dónde estás ahora que sigo contigo y tú no conmigo
en dónde estás
ahora
ahora que ya no estás

Pero él responde:
sí estoy, aunque no lo sepas.
He llorado tu llanto y he velado cada uno de tus desvelos.
Voy a tu lado cuando caminas sola y sueño cada sueño tuyo.
Ni siquiera he dejado la pluma, ahora sólo sigo tus manos
cuando escribes
y pongo un beso en tu frente cada noche, antes de dormir.
Como antes. Como siempre.
Sí, aún tienes de qué morir en esta vida:
porque aún ausente, es por ti que sigo vivo.

5/27/2007

Una espada en la roca

Estimado amigo,
Muchísimas gracias por el pronto envío; la edición de Mallory es magnífica. Por aquí todo bien; sigo con mis caminatas por las mañanas temprano y escribiendo durante gran parte de la tarde. La novela avanza, si bien con más lentitud de lo que quisiera; lo de la espada me aún me tiene dubitativo. Esta mañana vi a viejo mendigo por la calle, vestido con un abrigo amplio y obscuro que le confería un aire no exento de garbo y dignidad. En la mano llevaba un largo bastón de madera; de ronto lo empuñó por un extremo y, levantándolo en el aire, lo blandió como una espada para alejar a unos mocosos que se burlaban de él. Tal vez por ahí va la cosa, y no tanto en lo heroico; un rey que también es un mendigo... no sé; ya le iré contando a medida que pasen los días. Y las páginas...
Nos vemos la próxima semana, como acordado.
Lo saluda muy atentamente,
F.

Querido amigo
Me alegro sinceramente de que le haya gustado el libro; la edición nos tuvo de cabeza por largo tiempo. Pero
estoy contento con el resultado.
He estado pensando largamente en su novela. Como sabe, no soy escritor y, por lo general, no me manejo muy bien con la escritura; sin embargo, su incertidumbre con respecto a la espada me hizo recordar una historia, que conocí en uno de mis viajes por la Toscana hace algunos años, y que creo viene perfectamente al caso. Cierta o no, no lo sé; pero espero que, de alguna manera, pueda iluminarlo en sus dudas.
La historia es la siguiente: había una vez un joven llamado Galgano que, llegado a la mitad de su vida y luego de años de juerga y despilfarro, dejó novia y familia para irse a vivir en solitario y dedicar el resto de su existencia a Dios. Algo asi como la vida de San Francisco de Asis, al menos en el comienzo...
Pero tanto la novia de Galgano como su familia se opusieron, por lo que fueron innumerables veces al lugar en donde se había ido a vivir -en lo alto de una colina rocosa- para intentar disuadirlo y llevarlo de vuelta. Pero todo fue inútil. Hasta el día en que uno de sus hermanos y su padre, llevando éste último la espada de Galgano consigo, intentaron convencerlo por última vez. Esta es la vida que te corresponde y la que debes seguir, dijo el padre, enarbolando la espada. No padre; esta es la que quiero, respondió Galgano; y tomando la espada de manos de su padre la enterró profundamente en una de las rocas del lugar. Y entonces el padre, al ver la espada que enterrada dejaba de ser arma para convertirse en cruz, calló para siempre; y jamás volvió.
Bueno amigo, lo dejo con su trabajo, a la espera del póximo encuentro.
Un abrazo,
O.

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San Galgano (1148 - 1181), hijo único de una importante familia sienesa, fue destinado desde la cuna a seguir el camino de las armas y convertirse en guerrero. Luego de dos visiones en las que se le aparece el Arcángel Miguel, deja la vida que hasta entonces había llevado para dedicarse a Dios. Según cuenta la leyenda, al no tener madera con que hacerse una cruz, entierra su espada en una roca; es sobre esa cruz que muere, aún joven, algunos años después.

5/25/2007

Como río desciendo al mar

R. vive en Santiago, pero desde hace algunos meses ha hecho casa en Chiloé. Este es el año de su tesis de grado, y se ha alejado de la prisa, del ruido y la histeria urbana para poder terminarla. Además R. escribe, pero han sido los interminables cielos del sur y el mar que no termina los que le han dado el espacio necesario para hacerlo; espacio que, en Santiago, se ocultaba bajo la espesa capa de humo de la ciudad. Y es así que ahora R. tiene un sitio como este, creado con la misma idea que este, es decir compartir días y vistas con otros y poner bajo la mirada de otros las palabras propias. Pero lo suyo no son las cartas, y su estilo no es tan cargantemente romántico-nostálgico como el mío; sin embargo sus textos poseen la misma belleza, la misma transparencia de los diarios de viajes de dos siglos atrás. Sigo leyendo; voy de isla en isla, cuento las mareas que bajan y las que suben y escucho el tiempo pasar en el graznido de bandurrias y taguas. Sigo leyendo; y me quedo esperando que, cuando R. vuelva, el olor a lana de oveja, a humedad de la tierra y a sal pueda despejar el tan pesado y gris de esta ciudad.

Como río desciendo al mar
Textos y fotografías de Rosario Balcells

5/23/2007

Ventana florentina

Florencia, 12 de febrero de 1990

Esta no es sólo la ciudad del Palazzo Vecchio o del Pitti; del Arno y sus puentes viejos; de la Afrodita que nace de la espuma en Uffizzi; de los muertos y la gran vista en San Miniato. Florencia es también la escuela todos los días; el café por la tarde con los amigos; la maravillosa pasta de la signora Leonia; el frío cada mañana de invierno, al levantarme; los insufribles turistas invadiéndolo todo; las cartas semanales, papel, tinta y pluma en mano, a los que están lejos; los cipreses y puercoespines del jardín; y F. que me lleva de paseo por las colinas. Pero Florencia es también la ventana de mi pieza, alojada en el espesor del muro, con sus postigos de madera y sus persianas verdes -el mismo verde de todas las persianas de todas las ventanas de todas las casas de esta ciudad-, y el cuaderno en el que la dibujo. Y en que escribo cada día...
Y es también la ciudad de un hombre cuya cabeza yace atrapada en un muro, desde hace siglos, no recuerdo si en la via della Scala o en la de' Cerretani. Dice la leyenda que, antaño, por esa calle pasaban los condenados a muerte, de los que se mofaba inmisericorde. Hasta que uno de ellos levantó la cabeza hacia la ventana desde la cual el hombre gritaba sus burlas y lo maldijo a permanecer para siempre ahí y a volverse, a su vez, blanco de las burlas de otros. Así, también él recibió su condena; sólo que suya aún no tiene final.

5/19/2007

Los zapatos

En una hora debía salir de su casa; tenía un compromiso muy importante. Eran las diez de la mañana y ella estaba a su lado. Hacía ya casi un mes que se habían conocido, y aún estaban envueltos por ese cándido pero apasionado encantamiento que habita en el corazón de todos los enamorados al comenzar.
Una vez que se hubo vestido y ya próximo a salir, se sentó para ponerse los zapatos. En ese momento ella vio que estaban cubiertos de polvo. "Espera", le dijo, "no puedes ir así", y sin pensarlo corrió a buscar un cepillo y una lata de cera; luego, arrodillándose a sus pies, comenzó a cepillar los zapatos. Repentinamente levantó la cabeza hacia él y se quedó inmóvil, mientras sentía que sus mejillas enrojecían. En los ojos del joven había una mirada que sólo algunas veces había visto antes, pero que jamás esperó encontrar en él: la expresión avergonzada de quien se siente puesto en ridículo. Pero es de mí de quien se avergüenza, pensó ella, por lo que soy yo quien debe parecer ridícula, y de pronto se sintió abrumada por el embarazo que veía en los ojos del muchacho. Sin embargo siguió limpiando y cepillando, como si fuese la tarea más importante del mundo. No podía detenerse: no se sentía capaz de mirarlo; no quería que la mirara; pero, más que nada, no quería que él viera su desconcierto.
Al fin acabó de limpiar los zapatos; lentamente se levantó y fue hasta la mesa, en donde dejó el cepillo y la lata de cera. Al volverse, él estaba de pie, junto a la puerta, con ojos que no decían nada y que parecían mirarla sin verla; luego, con una sonrisa que a ella le pareció algo forzada, se despidió. "Me voy. Nos vemos más tarde". "Desde luego, nos vemos...", repondió ella desde el otro lado de la habitación; y por primera vez no se despidieron con un beso.
Se quedó sentada en medio del silencio, inmóvil; de pronto pensó con tristeza: no hay vergüenza en el amor. Y miró la habitación de su enamorado, la habitación que por algunas semanas había sido también suya, por última vez.

5/15/2007

Ojo en la mano